lunes, 7 de abril de 2014

BIG BANG Explosión de Amor. Capítulo I.


Tomas sabía que Ana no era su corresponsal, sabía que ella se había enamorado de si misma cuando él la hacia sentir que para alguien en el mundo era importante. Tomas le había devuelto los colores al sendero de su vida, había encendido la luz después de tantas angustias en el cuartito oscuro de su corazón que gritaba en silencio que alguien la liberara de tanto dolor…
Tomas, un muchacho escueto, guiado por la brújula del entusiasmo y por sus ambiciones de formar proyectos artesanos para no pasar desapercibido las vacaciones de verano, había llegado a parar al puerto del cual tanto, tantísimo después le costaría más de un otoño salirse de allí. Tomas había conocido a Ana.
Fue Ana para sí, ver el big bang repetirse… Un espíritu cósmico con la sabiduría de todas las eras, atrapado en el cuerpo de una pequeña mujer que en sus quince primaveras, su mayor escenario fue un campo de batallas familiares y de lo que menos supo fue de cuestiones de amor...
Y así, en aquella sala contraída por las altas temperaturas del estío, donde se habían representando y, porque no, prometido alcanzar el equinoccio del alba a través de las cuerdas de una guitarra, formaron una precaria banda de rock, y en paralelo, un nuevo universo se habría, un nuevo universo del cual Tomas, sin saberlo, ya tenía el primer y único boleto de ida, porque el de regreso, lejos estaba de su corazón.
Con la música como estandarte y movidos por esa pasión cosmopolita, fueron tachando los días del calendario y entre acordes, hazañas y risas, todas las tardes de enero, Tomas se fue enamorando de Ana…
Tomás, adolescente cuyo corazón aún no se estrenaba, tenía la convicción de que aquello que comenzaba a amanecer en su cuerpo emocional no era más que una formidable admiración hacia la perturbadora biografía de aquella muchacha cuya infancia y memoria estaba marcada por golpes que no provenían de la acachada, de bicicletas, y de típicos juegos de los arrabales, pero que ni eso, ni la noche más oscura cuando se enteró que papá y mamá se divorciaban, le habían hecho perder el frenesí por la vida…
No obstante, lo cierto era, que la filosofía de Ana puesta al desvelo para la supervivencia de todos sus días, para alivianar el dolor de tantas carencias, una sonrisa y los bolsillos cargados de anhelos, en verdad era algo más que un objeto de deslumbramiento ante los ojos de Tomas, porque él también la empezaba a vivenciar, de a poco iba perpetrándose más y más en las profundidades de todos los enredos que ataban a Ana, y, de ese modo, fue también haciendo para sí aquella doctrina de vida, innovadora por cierto, fue observando, fue superando límites de lo desconocido, y fue aprendiendo de que el caos no encuentra barreras de edad pero si un freno: la sonrisa con que su amada se enfrentaba cada aurora ante las circunstancias de su mundo, y, mientras tanto, todas las tardes de enero, sin advertir,Tomas continuaba enamorándose de Ana… (…)


Antonella E. Saez.

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